
En este punto es en el que no deberemos bajar la guardia: tan
pronto como nos demos cuenta de que hemos perdido la concentración, simplemente
recuperémosla, pero sin sentirnos agobiados por un sentimiento de pesar o de
culpabilidad.
Volvamos a estar atentos a nuestro aliento, como la mariposa
que vuelve sobre una flor después de haber revoloteado a derecha y a izquierda
sin una razón aparente.
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